Mi Confinamiento con Mara

JUAN DE CASTRO  ||  Montejaque   | EL HACHO 41

Muchos tenemos un perro en casa. Con esto no me refiero a tener un perro en el garaje, la terraza o el trastero sino a tenerlo como uno más de la familia, entendámonos, con sus limitaciones. Cada uno tiene sus razones para tenerlo, unos le quieren más y otros menos, pero, en definitiva, de compañía. Quiero referirme a ese animal que, pese a no ser racional como nosotros, tiene unas cualidades que no sé en qué momento de la evolución las perdimos los humanos, si es que en alguna ocasión las tuvimos.

El maldito bicho que nos está machacando este año ha hecho que tuviéramos un paréntesis en nuestra vida confinándonos durante tres meses. Espero que, al menos, haya servido para mirarnos con más detalle en el espejo y pensar un poco más en nosotros y los nuestros, pero como tenemos memoria de pez, y yo no me escapo de esto, he querido escribir sobre mi compañera de fatigas durante esos olvidables días.

Hace ya unos años, quizá seis o más, leí un artículo sobre los perros que me pareció bastante tierno, como muchos que nos llegan desde la Hispanoamérica donde todavía queda un poco de esa humanidad que nosotros hemos cambiado por progreso. El artículo se titulaba “¿Por qué los Perros viven menos tiempo que las personas?” Me lo volví a encontrar en Facebook en pleno confinamiento y, en esta ocasión, busqué de dónde venía realmente y detenerme a seguirlo, experimentarlo y contarlo para el que quiera leerlo; el que no, puede pasar página y leer otro artículo de esta revista o de otras porque seguro que los habrá más interesantes. No obstante, recomiendo el libro de su origen “Si un pero fuera tu maestro… 12 Lecciones de Vida que deja un perro antes de partir”.

Hasta la fecha de autos -14-M-, tras levantarme, asearme y demás…, dejaba preparada la comida a mi perrita y salía de casa comprobando que hasta que yo no cerraba la puerta Mara no se levantaba a comer, en ocasiones me he dado la vuelta por algún olvido y la pillaba mirándome junto a la comida, con su mirada me decía ¿era para mí, vedad?

Generalmente, todas las tardes yo volvía, unos días a una hora y otros a otra para sacarla a lo de hábito, que hiciera sus necesidades y corriera un poco. Si algún día me quedaba en casa por alguna razón ella se mantenía como solemos decir, “a su bola”; ni ella me echaba cuentas ni yo a ella. Una vida normal, como todo el mundo. En mi caso, la vida hogareña diaria hasta el confinamiento se limitaba a cenar, ducharme y dormir escuchando la radio… y los domingos limpieza, lavadora y demás. Triste, pero así era.

Tras pasar unos días de confinamiento ella supo que algo pasaba, todos esos malditos días era Mara quien me avisaba a las seis de la tarde para sacarla a pasear, cuando abría la puerta siempre salía calle arriba pero siempre terminaba siguiéndome calle abajo hacia la plaza; un día le hice caso y me llevó hasta la salida de las casas y una vez allí, cerca de los árboles, se ponía a contraviento con las orejas hacia atrás y el hocico alzado para sentir el aire fresco. Ahora ya es norma diaria de obligado cumplimiento salir a pasear con ella.

Antes no me fijaba demasiado, pero tras esta obligada convivencia he comprobado que la mayor parte del día lo pasa tumbada o dormida, si se levanta o cambia de ritmo hace sus ejercicios de estiramiento y cuando menos lo esperas la encuentras tomando el sol en la terraza, corriendo escaleras arriba y abajo o revolcándose en su manta.

Durante un encierro como este tienes tiempo para pensar en todo o en casi todo, te envuelve de tal manera que, sin quererlo, te encuentras viviendo en un mundo paralelo donde no sabes lo que es real y lo que es imaginado, no sabes si es bulo el propio bulo o es un bulo que exista un bulo, no sabes lo que es verdad o mentira y entonces, como lo habréis sufrido la mayoría, te asomas a la puerta de la calle y huele a lejía y no se oye nada ni se ve a nadie, te encierras otra vez y… la tele miente, las redes más, tienes que encontrar algo para evitar malas tentaciones y te lees un libro o ves una peli porque aunque la trama sea chunga siempre suelen tener final feliz, pero, ¡esto también es mentira!

Ahí está Mara mirándome y pensando que se me ha ido la pinza. Me tumbo y se coloca muy despacio a mi lado apretándose contra mí, la acaricio y la digo –churri, esto no va bien; no dice nada, solo mueve el rabo.

Vuelvo a mi pantalla y veo que no estoy muy peor. En este Facebook los hay que pican por todos los lados. Dicen que todos están en teletrabajo, pero no hay quien se lo crea, están todos en Facebook, Twitter e Instagram y el que no, está en el balcón grabando con el móvil, no se puede ser más chorra. Todos hemos visto desde los que se auto graban haciendo una maratón en el pasillo de su casa hasta los que hacen pinitos cantando y bailando en el cuarto de baño, habrá que ver cuántas calorías queman o cuántas secuelas en el coco les van a quedar. Solo he visitado un psiquiátrico en una ocasión hace mucho tiempo y viendo lo que ahora veo en las redes, esto no puede acabar bien.

En casa recibo pocas visitas, pero cuando llega mi hija, Mara es la primera que espera en la puerta para saludarla, no pasa lo mismo cuando viene la cartera que le regaña y le ladra, creo que se ha dado cuenta que en estos tiempos modernos el cartero solo llama a la puerta para traer malas noticias. Antes todos esperábamos al cartero rodeándole cuando llegaba esperando ser nombrados, ahora caminan solos con sus sobres cada vez más oscuros. Cuando no es una multa es un recibo del Patronato de Recaudación o una carta de hacienda y si le dices que la devuelva te pone mala cara, parecen policías de la comunicación; y Mara lo sabe.

En fin, ya hemos salido del boquete y como empezaba diciendo, tenemos memoria de pez. No hay rincón sin botellón. A nosotros no nos arregla ni el mejor de los milagros, habría que borrarnos y dibujarnos de nuevo. Ahora empezamos con las vacunas, del 70%, del 90%, 92, 94… y la bolsa sube, pero para ellos, a la mayoría es la de deudas la que sube y si falta en la cesta hay muchos voluntarios repartiendo arroz en las colas del hambre que, aunque suba, te darán dos kilos en vez de uno y todos contentos. Espero que cuando me toque ponerme la vacuna haya pasado algún tiempo usándonos como cobayas y me den una de las buenas. Este paréntesis, que no sé cuándo le pondremos el cierre, nos ha hecho ver, al menos a mí, que los políticos ¡son humanos! Los de la “Casta”, el “Establishment”, la “Clase…” es mentira, ellos pican igual que nosotros, se les va la pinza igual que a nosotros y están cagaos igual que todos nosotros.

Vemos la crisis que se nos viene encima, aunque la miremos de reojo a ver si no nos coge en el camino; nos pillará a todos, pero como me enseñaron hace mucho tiempo: “si algo has aprendido, bien barato te ha salido”.

Un perro antes de partir te deja varias lecciones para que las tengas en cuenta. Cuando tus seres queridos lleguen a casa, corre siempre a saludarles. Nunca dejes pasar una oportunidad para ir a pasear, deja que la experiencia del aire fresco y del viento en tu cara sea un éxtasis. Duerme la siesta, descansa y estírate bien al levantarte. Corre, salta y juega diariamente. Evita morder cuando con solo un gruñido sería suficiente. Cuando haga mucho calor, bebe mucha agua y échate a la sombra de un árbol. Cuando estés feliz, baila moviendo todo tu cuerpo. Disfruta de las cosas simples como una larga caminata. Sé fiel. Nunca pretendas ser algo que no eres. ¡Se auténtico! Si lo que quieres está enterrado, escarba hasta que lo encuentres. Y nunca olvides: que cuando alguien tenga un mal día, quédate en silencio, siéntate cerca y suavemente hazle sentir que estás ahí.

Feliz Navidad a todos, ya veremos qué nos depara el 2021.

El maldito bicho que nos está machacando este año ha hecho que tuviéramos un paréntesis en nuestra vida confinándonos durante tres meses. Espero que, al menos, haya servido para mirarnos con más detalle en el espejo y pensar un poco más en nosotros y los nuestros, pero como tenemos memoria de pez, y yo no me escapo de esto, he querido escribir sobre mi compañera de fatigas durante esos olvidables días.

Hace ya unos años, quizá seis o más, leí un artículo sobre los perros que me pareció bastante tierno, como muchos que nos llegan desde la Hispanoamérica donde todavía queda un poco de esa humanidad que nosotros hemos cambiado por progreso. El artículo se titulaba “¿Por qué los Perros viven menos tiempo que las personas?” Me lo volví a encontrar en Facebook en pleno confinamiento y, en esta ocasión, busqué de dónde venía realmente y detenerme a seguirlo, experimentarlo y contarlo para el que quiera leerlo; el que no, puede pasar página y leer otro artículo de esta revista o de otras porque seguro que los habrá más interesantes. No obstante, recomiendo el libro de su origen “Si un pero fuera tu maestro… 12 Lecciones de Vida que deja un perro antes de partir”.

Hasta la fecha de autos -14-M-, tras levantarme, asearme y demás…, dejaba preparada la comida a mi perrita y salía de casa comprobando que hasta que yo no cerraba la puerta Mara no se levantaba a comer, en ocasiones me he dado la vuelta por algún olvido y la pillaba mirándome junto a la comida, con su mirada me decía ¿era para mí, vedad?

Generalmente, todas las tardes yo volvía, unos días a una hora y otros a otra para sacarla a lo de hábito, que hiciera sus necesidades y corriera un poco. Si algún día me quedaba en casa por alguna razón ella se mantenía como solemos decir, “a su bola”; ni ella me echaba cuentas ni yo a ella. Una vida normal, como todo el mundo. En mi caso, la vida hogareña diaria hasta el confinamiento se limitaba a cenar, ducharme y dormir escuchando la radio… y los domingos limpieza, lavadora y demás. Triste, pero así era.

Tras pasar unos días de confinamiento ella supo que algo pasaba, todos esos malditos días era Mara quien me avisaba a las seis de la tarde para sacarla a pasear, cuando abría la puerta siempre salía calle arriba pero siempre terminaba siguiéndome calle abajo hacia la plaza; un día le hice caso y me llevó hasta la salida de las casas y una vez allí, cerca de los árboles, se ponía a contraviento con las orejas hacia atrás y el hocico alzado para sentir el aire fresco. Ahora ya es norma diaria de obligado cumplimiento salir a pasear con ella.

Antes no me fijaba demasiado, pero tras esta obligada convivencia he comprobado que la mayor parte del día lo pasa tumbada o dormida, si se levanta o cambia de ritmo hace sus ejercicios de estiramiento y cuando menos lo esperas la encuentras tomando el sol en la terraza, corriendo escaleras arriba y abajo o revolcándose en su manta.

Durante un encierro como este tienes tiempo para pensar en todo o en casi todo, te envuelve de tal manera que, sin quererlo, te encuentras viviendo en un mundo paralelo donde no sabes lo que es real y lo que es imaginado, no sabes si es bulo el propio bulo o es un bulo que exista un bulo, no sabes lo que es verdad o mentira y entonces, como lo habréis sufrido la mayoría, te asomas a la puerta de la calle y huele a lejía y no se oye nada ni se ve a nadie, te encierras otra vez y… la tele miente, las redes más, tienes que encontrar algo para evitar malas tentaciones y te lees un libro o ves una peli porque aunque la trama sea chunga siempre suelen tener final feliz, pero, ¡esto también es mentira!

Ahí está Mara mirándome y pensando que se me ha ido la pinza. Me tumbo y se coloca muy despacio a mi lado apretándose contra mí, la acaricio y la digo –churri, esto no va bien; no dice nada, solo mueve el rabo.

Vuelvo a mi pantalla y veo que no estoy muy peor. En este Facebook los hay que pican por todos los lados. Dicen que todos están en teletrabajo, pero no hay quien se lo crea, están todos en Facebook, Twitter e Instagram y el que no, está en el balcón grabando con el móvil, no se puede ser más chorra. Todos hemos visto desde los que se auto graban haciendo una maratón en el pasillo de su casa hasta los que hacen pinitos cantando y bailando en el cuarto de baño, habrá que ver cuántas calorías queman o cuántas secuelas en el coco les van a quedar. Solo he visitado un psiquiátrico en una ocasión hace mucho tiempo y viendo lo que ahora veo en las redes, esto no puede acabar bien.

En casa recibo pocas visitas, pero cuando llega mi hija, Mara es la primera que espera en la puerta para saludarla, no pasa lo mismo cuando viene la cartera que le regaña y le ladra, creo que se ha dado cuenta que en estos tiempos modernos el cartero solo llama a la puerta para traer malas noticias. Antes todos esperábamos al cartero rodeándole cuando llegaba esperando ser nombrados, ahora caminan solos con sus sobres cada vez más oscuros. Cuando no es una multa es un recibo del Patronato de Recaudación o una carta de hacienda y si le dices que la devuelva te pone mala cara, parecen policías de la comunicación; y Mara lo sabe.

En fin, ya hemos salido del boquete y como empezaba diciendo, tenemos memoria de pez. No hay rincón sin botellón. A nosotros no nos arregla ni el mejor de los milagros, habría que borrarnos y dibujarnos de nuevo. Ahora empezamos con las vacunas, del 70%, del 90%, 92, 94… y la bolsa sube, pero para ellos, a la mayoría es la de deudas la que sube y si falta en la cesta hay muchos voluntarios repartiendo arroz en las colas del hambre que, aunque suba, te darán dos kilos en vez de uno y todos contentos. Espero que cuando me toque ponerme la vacuna haya pasado algún tiempo usándonos como cobayas y me den una de las buenas. Este paréntesis, que no sé cuándo le pondremos el cierre, nos ha hecho ver, al menos a mí, que los políticos ¡son humanos! Los de la “Casta”, el “Establishment”, la “Clase…” es mentira, ellos pican igual que nosotros, se les va la pinza igual que a nosotros y están cagaos igual que todos nosotros.

Vemos la crisis que se nos viene encima, aunque la miremos de reojo a ver si no nos coge en el camino; nos pillará a todos, pero como me enseñaron hace mucho tiempo: “si algo has aprendido, bien barato te ha salido”.

Un perro antes de partir te deja varias lecciones para que las tengas en cuenta. Cuando tus seres queridos lleguen a casa, corre siempre a saludarles. Nunca dejes pasar una oportunidad para ir a pasear, deja que la experiencia del aire fresco y del viento en tu cara sea un éxtasis. Duerme la siesta, descansa y estírate bien al levantarte. Corre, salta y juega diariamente. Evita morder cuando con solo un gruñido sería suficiente. Cuando haga mucho calor, bebe mucha agua y échate a la sombra de un árbol. Cuando estés feliz, baila moviendo todo tu cuerpo. Disfruta de las cosas simples como una larga caminata. Sé fiel. Nunca pretendas ser algo que no eres. ¡Se auténtico! Si lo que quieres está enterrado, escarba hasta que lo encuentres. Y nunca olvides: que cuando alguien tenga un mal día, quédate en silencio, siéntate cerca y suavemente hazle sentir que estás ahí.

Feliz Navidad a todos, ya veremos qué nos depara el 2021.

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